LAS MARZAS: Cantamos, rezamos o nos vamos...
Tino Barrero.
Va despidiéndose febrero y, mientras el invierno
apura sus últimos días, los marceros o marzantes -que indistintamente se
denominan- afinan ya los preparativos: pañuelo al cuello, gorra bien calada y
vara en la mano. Desde semanas atrás resuenan los ensayos: voces que se
calientan, armonías que se ajustan, coplas que se repasan hasta que el
repertorio cobra cuerpo y memoria.
Cuando el calendario marca la última noche de
febrero y amanece el primero de marzo, se renueva el ritual. Las cuadrillas
salen de ronda por calles y barrios entonando las marzas,
cantos petitorios que anuncian la inminente llegada de la primavera. Son una
llamada al buen tiempo, a la luz que regresa, a la tierra que despierta.
La tradición hunde sus raíces en un pasado
remoto. Algunos estudios la sitúan en épocas prerromanas y le atribuyen
ascendencia celta, vinculada a la celebración de los ciclos de la naturaleza y
al renacer del campo. Con el paso de los siglos, aquella costumbre pagana se
impregnó de influencia cristiana. De ahí que ciertas marzas -como Los
Sacramentos o Los Mandamientos de amor-
presenten un marcado carácter religioso, perceptible también en muchos versos
de agradecimiento y despedida.
La reforma del calendario juliano, que incorporó
los meses de enero y febrero, junto con esa impronta religiosa, pudo propiciar
que en algunos lugares las marzas pasaran a cantarse en Navidad, Año Nuevo o
Reyes. Esta variante arraigó especialmente en el norte peninsular, en Cantabria
y el norte de Burgos. Sin embargo, como señalan Duque y Merino, las auténticas
marzas son las que se entonan en la última noche de febrero: aunque todas
comparten su carácter petitorio, los cantos navideños pertenecen al ámbito del
villancico y los donativos recibidos son propiamente aguinaldos.
Las referencias escritas más recientes se
remontan al siglo XIX. Autores como José
María de Pereda y Amós
de Escalante describieron escenas de rondas, especialmente las
celebradas en Nochebuena. Con todo, si durante años la costumbre de cantarlas
en Navidad o incluso en Cuaresma estuvo extendida, hoy la tradición se ha
replegado a su fecha más genuina: la última noche de febrero y el primero de
marzo, cuando la voz colectiva vuelve a abrir la puerta vista a la primavera.
Esta longeva tradición sufrió un paréntesis a
partir del primer tercio del siglo XX, con motivo de la Guerra Civil y la
posterior etapa franquista. Su canto persistió gracias a agrupaciones como el Coro Ronda Garcilaso y el Coro Ronda Altamira, así
como a algunos grupos campurrianos que actuaron en escenarios o a través de la
radio, pero la ronda callejera decayó casi por completo. Fue recuperada a
finales de la década de 1980 y hoy la interpretan hombres y mujeres de todas
las edades. Ataviados con boina y pañuelo, distribuyen entre sus miembros
distintos papeles: bolsero, cestero, faroleros, campaneros o botero, figuras
casi imprescindibles en cada ronda.
Pese a su estructura organizada y a la existencia
de repertorios consolidados, la investigadora Enma M.ª Blanco Ruiz -autora que
ha estudiado las marzas de Polanco- no las considera un espectáculo, sino un
ejemplo claro de “endofolklorismo”, es decir, una manifestación cultural
orientada al redescubrimiento y reafirmación de las propias raíces
comunitarias. Se diferencian así de corales y orfeones que apuestan por
versiones polifónicas y puestas en escena más elaboradas, con fines principalmente
artísticos.
Lo que no se puede negar a las marzas es su
carácter cortés y noble. Antes de comenzar la ronda se pide licencia a la
autoridad y, una vez concedida, los marceros recorren calles y barrios. Se
acercan a las viviendas con cortesía y respeto, llamando y pronunciando la
fórmula tradicional: “Cantamos, rezamos o nos vamos”. Tras el canto y el
recibimiento del “dao” -que son los donativos u obsequios que entrega el dueño
de la casa a los marceros- entonan el agradecimiento a sus habitantes y,
posteriormente, la despedida. No obstante, el grupo marcero también reserva un
canto para aquel vecino mal encarado que los recibe con desagrado o tiene fama
de tacaño: la marza Rutona, cargada de tono satírico e irónico. En realidad,
esta marza no suele cantarse a ningún vecino en concreto, pero sí se interpreta
como representación, formando entonces, ahora sí, parte del espectáculo.
Su profundo arraigo ha merecido también
reconocimiento institucional. Las marzas, junto al rabel y los bolos, han sido
declaradas Bien de Interés Cultural Inmaterial con el propósito de protegerlas,
apoyarlas y garantizar su continuidad como patrimonio vivo. En el acto de
declaración participaron, en representación de las marzas, la Ronda Marcera de
Torrelavega, el Coro Ronda Altamira y la Ronda Marcera de Polanco representando
al ámbito rural que ese año cumplía el veinticinco aniversario de su puesta en
escena.
Hoy el reto no es otro que procurar su
pervivencia: que sigan resonando en calles y plazas y permanezcan vivas en el
imaginario colectivo como anuncio festivo de la primavera y símbolo de
identidad compartida entre los pueblos cántabros.
Al haber caído el último día de febrero en sábado, la licencia se ha pedido al cura que nos esperaba en la ermita de San Roque en Posadillo, de donde la ronda ha partido por los diversos barrios del municipio.
DÍA 28 DE FEBRERO (Sábado): A las 19,20
horas, se pide licencia al Sr. Cura en la ermita de San Roque en Posadillo.
Recibida la licencia se recorrerá Polanco y Rinconeda.
DÍA 1 DE MARZO (Domingo): A partir de
las 19,30 horas la ronda marcera actuará en Soña, Rumoroso, Mar y Requejada.
EL CONVENTO DE LA MILAGROSA SIEMPRE FUE PLAZA DE OBLIGADO DESEO EL CANTAR UNAS MARZAS.
36 años consecutivos parando a saludar y cantar unas marzas
a las monjas del Colegio La Milagrosa de Polanco. Una parada muy grata dentro
de la ronda: atemperábamos el frío, éramos recibidos con amabilidad, la
acústica resultaba mejor que en la calle... Y nos era grato aprovechar para
saludarlas.
36 años, año tras año, son muchos años. A todos los
marceros que han ido pasando en las sucesivas rondas, les ha quedado un grato
recuerdo. Sin duda alguna, las echaremos en falta... Ya las estamos echando en
falta.
Paradójicamente, por la complicidad existente, ha sido
el colegio uno de los poquísimos lugares donde hemos cantado la Rutona,
conscientes de que se lo sabían tomar a bien.
Marza Rutona









