sábado, 7 de marzo de 2026


 


LAS MARZAS: Cantamos, rezamos o nos vamos...

                                                                                                                Tino Barrero.

https://eldiariocantabria.publico.es/opinion/tino-barrero/cantamos-rezamos-nos-vamos/20260225211336189114.html


Va despidiéndose febrero y, mientras el invierno apura sus últimos días, los marceros o marzantes -que indistintamente se denominan- afinan ya los preparativos: pañuelo al cuello, gorra bien calada y vara en la mano. Desde semanas atrás resuenan los ensayos: voces que se calientan, armonías que se ajustan, coplas que se repasan hasta que el repertorio cobra cuerpo y memoria.

Cuando el calendario marca la última noche de febrero y amanece el primero de marzo, se renueva el ritual. Las cuadrillas salen de ronda por calles y barrios entonando las marzas, cantos petitorios que anuncian la inminente llegada de la primavera. Son una llamada al buen tiempo, a la luz que regresa, a la tierra que despierta.

La tradición hunde sus raíces en un pasado remoto. Algunos estudios la sitúan en épocas prerromanas y le atribuyen ascendencia celta, vinculada a la celebración de los ciclos de la naturaleza y al renacer del campo. Con el paso de los siglos, aquella costumbre pagana se impregnó de influencia cristiana. De ahí que ciertas marzas -como Los Sacramentos o Los Mandamientos de amor- presenten un marcado carácter religioso, perceptible también en muchos versos de agradecimiento y despedida.

La reforma del calendario juliano, que incorporó los meses de enero y febrero, junto con esa impronta religiosa, pudo propiciar que en algunos lugares las marzas pasaran a cantarse en Navidad, Año Nuevo o Reyes. Esta variante arraigó especialmente en el norte peninsular, en Cantabria y el norte de Burgos. Sin embargo, como señalan Duque y Merino, las auténticas marzas son las que se entonan en la última noche de febrero: aunque todas comparten su carácter petitorio, los cantos navideños pertenecen al ámbito del villancico y los donativos recibidos son propiamente aguinaldos.

Las referencias escritas más recientes se remontan al siglo XIX. Autores como José María de Pereda y Amós de Escalante describieron escenas de rondas, especialmente las celebradas en Nochebuena. Con todo, si durante años la costumbre de cantarlas en Navidad o incluso en Cuaresma estuvo extendida, hoy la tradición se ha replegado a su fecha más genuina: la última noche de febrero y el primero de marzo, cuando la voz colectiva vuelve a abrir la puerta vista a la primavera.

Esta longeva tradición sufrió un paréntesis a partir del primer tercio del siglo XX, con motivo de la Guerra Civil y la posterior etapa franquista. Su canto persistió gracias a agrupaciones como el Coro Ronda Garcilaso y el Coro Ronda Altamira, así como a algunos grupos campurrianos que actuaron en escenarios o a través de la radio, pero la ronda callejera decayó casi por completo. Fue recuperada a finales de la década de 1980 y hoy la interpretan hombres y mujeres de todas las edades. Ataviados con boina y pañuelo, distribuyen entre sus miembros distintos papeles: bolsero, cestero, faroleros, campaneros o botero, figuras casi imprescindibles en cada ronda.

Pese a su estructura organizada y a la existencia de repertorios consolidados, la investigadora Enma M.ª Blanco Ruiz -autora que ha estudiado las marzas de Polanco- no las considera un espectáculo, sino un ejemplo claro de “endofolklorismo”, es decir, una manifestación cultural orientada al redescubrimiento y reafirmación de las propias raíces comunitarias. Se diferencian así de corales y orfeones que apuestan por versiones polifónicas y puestas en escena más elaboradas, con fines principalmente artísticos.

Lo que no se puede negar a las marzas es su carácter cortés y noble. Antes de comenzar la ronda se pide licencia a la autoridad y, una vez concedida, los marceros recorren calles y barrios. Se acercan a las viviendas con cortesía y respeto, llamando y pronunciando la fórmula tradicional: “Cantamos, rezamos o nos vamos”. Tras el canto y el recibimiento del “dao” -que son los donativos u obsequios que entrega el dueño de la casa a los marceros- entonan el agradecimiento a sus habitantes y, posteriormente, la despedida. No obstante, el grupo marcero también reserva un canto para aquel vecino mal encarado que los recibe con desagrado o tiene fama de tacaño: la marza Rutona, cargada de tono satírico e irónico. En realidad, esta marza no suele cantarse a ningún vecino en concreto, pero sí se interpreta como representación, formando entonces, ahora sí, parte del espectáculo.

Su profundo arraigo ha merecido también reconocimiento institucional. Las marzas, junto al rabel y los bolos, han sido declaradas Bien de Interés Cultural Inmaterial con el propósito de protegerlas, apoyarlas y garantizar su continuidad como patrimonio vivo. En el acto de declaración participaron, en representación de las marzas, la Ronda Marcera de Torrelavega, el Coro Ronda Altamira y la Ronda Marcera de Polanco representando al ámbito rural que ese año cumplía el veinticinco aniversario de su puesta en escena.

Hoy el reto no es otro que procurar su pervivencia: que sigan resonando en calles y plazas y permanezcan vivas en el imaginario colectivo como anuncio festivo de la primavera y símbolo de identidad compartida entre los pueblos cántabros.



Al haber caído el  último día de febrero en sábado, la licencia se ha pedido al cura que nos esperaba en la ermita de San Roque en Posadillo, de donde la ronda ha partido por los diversos barrios del municipio.

DÍA 28 DE FEBRERO (Sábado): A las 19,20 horas, se pide licencia al Sr. Cura en la ermita de San Roque en Posadillo. Recibida la licencia se recorrerá Polanco y Rinconeda.

DÍA 1 DE MARZO (Domingo): A partir de las 19,30 horas la ronda marcera actuará en Soña, Rumoroso, Mar y Requejada.







Marza " Ha venido marzo"

Marza "A cantaros"





EL CONVENTO DE  LA MILAGROSA SIEMPRE FUE PLAZA DE OBLIGADO DESEO EL  CANTAR UNAS MARZAS.

36 años consecutivos parando a saludar y cantar unas marzas a las monjas del Colegio La Milagrosa de Polanco. Una parada muy grata dentro de la ronda: atemperábamos el frío, éramos recibidos con amabilidad, la acústica resultaba mejor que en la calle... Y nos era grato aprovechar para saludarlas.

36 años, año tras año, son muchos años. A todos los marceros que han ido pasando en las sucesivas rondas, les ha quedado un grato recuerdo. Sin duda alguna, las echaremos en falta... Ya las estamos echando en falta.

Paradójicamente, por la complicidad existente, ha sido el colegio uno de los poquísimos lugares donde hemos cantado la Rutona, conscientes de que se lo sabían tomar a bien.


                                                               Marza Rutona